Apócrifos
Apócrifos —Me extraña tu modo de ser —gritó la señora Dina—. Si fuera gente decente, hubiera ido a casa del alcalde y no mendigando por ahÃ... ¿Por qué no los han albergado los de Simón? ¿Por qué hemos de aceptarlos nosotros, sin más ni más? ¿Acaso somos peores que los Simón? Yo sé muy bien lo que ocurre... La mujer de Simón no meterÃa en su casa a unos vagabundos asÃ. Me sorprende que te rebajes de ese modo, hombre, y sin saber con quién.
—¡No grites! —gruñó el viejo Isacar—. ¡Te van a oÃr!
—¡Que me oigan! —contestó la señora Dina, alzando la voz todavÃa más. ¡Eso faltarÃa, que no pudiera gritar en mi propia casa! ¡Que por culpa de unos vagabundos, tuviera que cerrar el pico! ¿Los conoces? ¿Los conoce alguien? Él te dice: «Ésta es mi mujer». Eso que se lo cuenten a otro. ¡Como si yo no supiera cómo van las cosas entre esa gente...! ¿No te da vergüenza dejar entrar algo asà en tu casa?
Isacar querÃa objetar que les habÃa permitido albergarse solamente en el establo, pero se lo calló. Le gustaba tener paz.
