Apócrifos
Apócrifos —Tiene usted mucha razón, colega —resopló Hipometeo—. Solamente quisiera añadir algo, señores. ¿Para qué nos hacÃa falta el fuego? ¿Acaso lo utilizaban nuestros antepasados? Venir ahora con cosa semejante es, sencillamente, una falta de respeto al orden heredado, o sea..., ejem..., un acto de rebelión. ¡Eso nos faltaba, jugar con fuego! ¿Pueden ustedes imaginar a dónde nos llevará esto? La gente, junto al fuego, se hará inútilmente delicada, se arrellanará en el calor y la comodidad en lugar de..., en fin, de luchar y cosas parecidas. En resumen, de esto se desprenderá solamente blandeza de carácter, decadencia de la moral y..., ejem..., falta de orden en general y cosas parecidas. Hay que hacer algo contra estas manifestaciones poco saludables, señores. Los tiempos en que vivimos son serios y además... Esto es todo lo que querÃa decir.
—Muy bien —exclamó Antimeteo—. Todos nosotros estamos de acuerdo con nuestro digno presidente en que el fuego de Prometeo puede tener consecuencias incalculables. Señores, no intentemos ocultarlo, se trata de algo tremendo. ¡Qué grandes posibilidades dará el fuego al que lo tenga en su poder! Citaré solamente algunos ejemplos: se podrá quemar la cosecha del enemigo, arrasarle los olivares, etc., etc. Con el fuego, señores mÃos, se nos da a los hombres una nueva fuerza y una nueva arma. Con el fuego nos hacemos casi iguales a los dioses —terminó bajando la voz. Y de pronto explotó:
