Apócrifos
Apócrifos También a Betania llegó la noticia de que el Galileo había sido hecho prisionero y encarcelado.
Cuando se enteró Marta, cruzó sus manos y de sus ojos brotaron lágrimas amargas.
—¿Lo veis? —dijo—, ¡ya lo sabía yo! ¿Por qué se fue a esa Jerusalén? ¿Por qué no se quedó con nosotros? Aquí nadie hubiera sabido de Él... podía haber trabajado tranquilamente de carpintero; en nuestro patio se hubiera montado un tallercito...
Lázaro estaba pálido y sus ojos brillaban de excitación.
—No digas tonterías, Marta —dijo—. Tenía que ir a Jerusalén. Tenía que enfrentarse a esos fariseos y publicanos, Tenía que decirles cara a cara el cómo y el porqué. Eso vosotras, las mujeres, no lo entendéis.
—Yo si que lo comprendo —dijo María con aire de arrobamiento—. Para que os enteréis, yo sé muy bien lo que va a pasar. Ocurrirá un milagro. Moverá un dedo y las paredes de la prisión se abrirán para darle paso. Y todos lo conocerán y caerán ante Él de rodillas gritando: ¡Milagro!
