Apócrifos
Apócrifos ...¿Me pregunta que qué tengo contra Él? Se lo voy a explicar claramente, vecino. No es que esté en contra de sus enseñanzas, eso no. Una vez escuché sus predicaciones y le digo a usted que poco faltó para que me convirtiera en su discípulo. Aquella vez volví a casa y le dije a mi primo el guarnicionero: «Tú debías oírle. Te digo que, a su manera, es un profeta. Habla muy bien, hay que reconocerlo.» A uno se le alegra el corazón. Aquel día tenía yo los ojos llenos de lágrimas, hubiera cerrado la tienda muy a gusto y me hubiera ido tras él para no perderle nunca de vista. «Reparte todo lo que tienes, dijo, y sígueme. Ama a tu prójimo, ayuda al pobre y perdona al que te ofendió», y cosas por el estilo. Yo soy un sencillo panadero, pero cuando le oía sentía dentro de mí, una alegría y un dolor tan extraños... No sé cómo decirlo... Una fuerza que me hacía arrodillar en tierra y llorar y, al mismo tiempo, algo tan bello y tan ligero como si de mí se hubieran desprendido todas las preocupaciones, toda la maldad. Entonces, pues, fue cuando le dije a mi primo: “Tú, tonto de capirote, debería darte vergüenza lo que haces. Hablas de tonterías, que si éste o el otro te deben, que si tienes que pagar los diezmos, recargos e impuestos, etc. Mejor sería que repartieras entre los pobres lo que tienes, dejarás a tu mujer y a tus hijos y le siguieras.”
