La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Andrew Scheuchzer
Ocurrió un jueves, cuando el Parque Zoológico de Londres estaba cerrado al público. El señor Thomas Gregs, guarda del pabellón de los reptiles, limpiaba los estanques y terrenos de sus protegidos. Estaba solo en el departamento de las salamandras, con la salamandra gigante japonesa, el Helbendr americano, Andrias Scheuchzeri y toda una serie de pequeños lagartos, salamanquesas, ajolotes, etc. El señor Gregs se esmeraba con el trapo y la escoba, silbando Annie Laurie, cuando de pronto una voz cavernosa dijo a su espalda:
—Mira, mamá.
El señor Gregs se volvió y no vio a nadie. Solamente el «diablo del barro» americano masticaba y aquella salamandra negruzca y grande, Andrias Scheuchzeri, estaba apoyada con las patas delanteras en el borde del estanque y retorcía el torso.
—Lo habré soñado… —pensó el señor Gregs, y siguió barriendo el suelo hasta dejarlo reluciente.
—Mira, una salamandra —oyó de nuevo a su espalda.
El señor Gregs se volvió rápidamente. Aquella salamandra negra, aquel Andrias Scheuchzeri, le miraba haciéndole guiños con los párpados inferiores.
—¡Uy!, ¡qué feo es! —dijo de pronto la salamandra—. Vámonos de aquí, querido.
El señor Gregs se quedó con la boca abierta.