La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Junto a la buena organización del comercio de salamandras y la amplia propaganda de la prensa, contribuyó también al desarrollo de las salamandras una inmensa ola de idealismo técnico que en aquella época inundó al mundo. G. H. Bondy previó con justicia que el espíritu humano empezaría entonces a trabajar en nuevos continentes y nuevas Atlántidas. Durante toda la época de las salamandras reinó entre los técnicos una viva y fructífera contradicción sobre si se tenían que construir los pesados continentes y fortalezas con playas de hormigón o si debían hacerse de suave arena traída de los mares. Casi diariamente surgían nuevos proyectos gigantescos. Un ingeniero italiano proponía la construcción de una Gran Italia, que ocuparía casi todo el mar Mediterráneo, hasta Trípoli, las Baleares y el Dodecaneso, o la construcción de un nuevo continente al que se llamaría Lemuria, al este de la Somalia italiana, que llegaría a ocupar un día el Océano Índico. En realidad se construyó, con el trabajo de todo un batallón de salamandras, una nueva isla frente al puerto de Mogdis, en Somalia, de una extensión de trece acres y medio. Japón proyectó, y en parte hizo, una nueva y gran isla en el lugar que ocupaba el archipiélago de las Marianas, preparando también la unión de las islas Carolinas con las Marshall, llamadas anticipadamente Nuevo Nipón. En cada una de ellas se tenía que construir una especie de volcán artificial, para que recordase a los futuros habitantes el sagrado Fujiyama. También se rumoreaba que ingenieros alemanes construían secretamente una fortaleza de hormigón en el mar de los Sargazos, que debía ser la futura Atlántida, y que amenazaría el África Occidental Francesa pero, según parece, sólo se llegaron a fijar los cimientos. En Holanda se inició la desecación de Zelandia; Francia unió Guadalupe, Grand Terre, Basse Terre y La Désirade, en una sola isla; Estados Unidos empezó a construir en el meridiano 37 la primera isla-aeropuerto (constaba de dos pisos, con inmensos hoteles y estadios deportivos, Lunapark y cine para cinco mil personas). En resumen: parecía que se habían derrumbado las últimas barreras que el mar oponía al florecimiento de la Humanidad. Comenzó una época feliz de extraordinarios planes técnicos; el hombre comprendía que era precisamente ahora cuando se convertía en el Amo del Mundo gracias a las salamandras, que habían entrado en el momento preciso en la historia de la Humanidad; hasta podría decirse «por fatalidad histórica».


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