La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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En fin, aprendamos, por lo menos, lo que científicamente se llama «la vida psíquica de los animales». Ese señor de barba larga y ondulante que parece un mago, y que ahora precisamente grita en el estrado, es el famoso profesor Dubosque; parece ser que refuta alguna teoría derrotista de uno de sus respetables colegas, pero este punto de su disertación no lo hemos entendido claramente. Al cabo de unos minutos comprendemos que el apasionado mago habla de las reacciones de Andrias al color y de su capacidad para distinguir diferentes colores. No sé si comprendí bien, pero salí con la impresión de que Andrias Scheuchzeri es, hasta cierto punto, acromatópsico, y que el profesor Dubosque tiene que ser muy corto de vista por la forma en que se acercaba las notas a sus gruesas y brillantes gafas. A continuación habló el sonriente erudito japonés doctor Okagawa; dijo algo sobre las curvas de reacción y sobre los fenómenos que se producen al cortarse una especie de conducto sensitivo en el cerebro del Andrias; después describió la reacción del Andrias cuando se le tritura el laberinto del oído. Luego el profesor Rehmann explicó detalladamente cómo reacciona el Andrias a las sacudidas eléctricas. De pronto se produjo una especie de apasionada controversia entre él y el profesor Bruckner. Este profesor Bruckner es un tipo pequeño, rabioso y casi trágicamente vivaz. Entre otras cosas, aseguró que Andrias está tan mal equipado de sentidos como el hombre, y que se distingue por la misma pobreza de instintos. Tomado estrictamente en el aspecto biológico, es un animal tan decadente como el hombre y, lo mismo que éste, trata de suplir su poco valor con lo que se llama intelecto. Parece ser que los demás expertos no tomaron en serio al profesor Bruckner, seguramente porque no habló de ninguna clase de conductos sensitivos y no envió ninguna corriente eléctrica al cerebro de Andrias. Seguidamente tomó la palabra el profesor van Dieten que, despacio, y casi como si ejecutase un oficio divino, explicó las alteraciones que aparecen en Andrias cuando se le quita cierta parte del hueso craneano o del occipital. Después intervino el profesor americano Devrient… Perdonen, en realidad no sé lo que dijo, porque en aquel momento empezó a darme vueltas en la cabeza qué clase de alteraciones aparecerían en el profesor Devrient si le quitasen parte del hueso craneano y parte del occipital, cómo reaccionaría el sonriente Okagawa a las corrientes eléctricas y cómo se comportaría el profesor Rehmann si alguien le triturase el laberinto del oído. También sentí una especie de inseguridad sobre mi capacidad para distinguir los colores o sobre los factores que producen mis reacciones motoras. Me martirizaba la idea de si tenemos derecho a hablar de nuestra vida (quiero decir, la humana) psíquica mientras no nos hayamos abierto unos a otros las membranas que cubren el cerebro y destruido los conductos sensitivos. En realidad, deberíamos lanzarnos unos sobre otros, bisturí en mano, a fin de poder estudiar nuestra vida psíquica. Por lo que a mí se refiere, estaría dispuesto en nombre de la ciencia a romperle las gafas al profesor Dubosque o a aplicar corrientes eléctricas a la calva del profesor van Dieten y, después, publicaría un artículo sobre sus reacciones. A decir verdad, puedo imaginármelas maravillosamente. Me represento con menos viveza lo que ocurriría en el ánimo de Andrias Scheuchzeri durante esos experimentos, pero creo que es un ser muy paciente y bondadoso. Ninguna de las distinguidas autoridades ha hablado de que Andrias se hubiese enfurecido alguna vez.


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