La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Al mismo tiempo que el de la enseñanza de las salamandras, se presentó el problema del idioma. ¿Cuál de las lenguas mundiales debían aprender con preferencia las salamandras? Las originarias de las islas del Océano Pacífico se expresaban en pidgin-english, según lo habían aprendido de los indígenas y marineros; muchas hablaban malayo o algún dialecto del lugar. Las salamandras criadas para el mercado de Singapur eran inducidas a hablar el basic-english, ese inglés simplificado científicamente, que se expresa con unos cuantos cientos de palabras, sin los antiguos rodeos gramaticales. Por ello, este inglés estandarizado empezó a llamarse salamander-english. En las ejemplares Escuelas Zimmerman se expresaban las salamandras en el idioma de Corneille, no por motivos nacionalistas, sino porque así corresponde a la cultura superior. Por el contrario, en las Escuelas Reformadas se aprendía el esperanto, como lengua más comprensible. Además de esto, surgieron en aquella época unas cinco o seis nuevas lenguas «universales», que pretendían reemplazar la confusión babilónica de los idiomas humanos y dar una lengua materna única a los hombres y a las salamandras; hubo, sin embargo, muchas controversias sobre cuál de estas lenguas internacionales era más apropiada, más agradable al oído y más universal. Finalmente, se decidió que cada país propagase la lengua universal que más le convenía[13]. Con la nacionalización de las escuelas para salamandras todo el asunto quedó simplificado. Cada nación enseñó a sus salamandras en su idioma respectivo. Aunque Andrias aprendía las lenguas extranjeras con relativa facilidad y entusiasmo, su capacidad lingüística presentaba algunas imperfecciones debido, no solamente a la construcción de sus órganos vocales, sino más bien, a un motivo psíquico. Así, por ejemplo, pronunciaba con dificultad las palabras largas de muchas sílabas, y trataba de reducirlas a una sola, que pronunciaba corta y, en cierto modo, graznante. Decía «l» en vez de «r» y ceceaba un poco. Se comía los finales de palabra, nunca aprendió a distinguir entre «yo» y «nosotras» y no le importaba si una palabra era femenina o masculina (quizá esto era una manifestación de su frialdad sexual fuera de la época de apareamiento). En resumen, cada idioma quedaba característicamente reformado al hablarlo las salamandras, racionalizándolo en cierto modo, en una forma más sencilla y rudimentaria. Es digno de atención que sus neologismos, su pronunciación y su primitiva gramática empezaron a influir rápidamente, por una parte, en la gente de los puertos y, por otra, en la así llamada «buena sociedad». De allí se extendió esta manera de expresarse a los periódicos y, de pronto, se hizo popular. Hasta entre la gente pudiente empezaron a desaparecer los géneros gramaticales, se eliminaron las terminaciones y las declinaciones. Los jovencitos empezaron a pronunciar «l» en lugar de «r» y a cecear. Difícilmente se hubiera encontrado alguien, aun entre la gente culta, que supiese el significado de «indeterminismo» o de «trascendente», sencillamente porque estas palabras se habían convertido en demasiado largas e impronunciables.


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