La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Ahora seguimos a las salamandras por el camino de su máximo florecimiento. Pero también el mundo de los hombres disfruta de una prosperidad desacostumbrada. Se construyen febrilmente nuevas costas en los continentes, en los viejos bancos de arena crece la tierra firme, en medio del océano se elevan islas artificiales para la aviación. Pero todo esto no es nada comparado con el gigantesco proyecto técnico de completa reconstrucción de nuestro planeta, que espera solamente que alguien lo financie para ser puesto en práctica. Las salamandras trabajan sin descanso en todos los mares y a la orilla de todos los continentes mientras dura la noche. Parece que están contentas y no piden nada más que tener trabajo y algún lugar donde poder hacer sus túneles y sus oscuras viviendas. Tienen ciudades submarinas y subterráneas, sus metrópolis de las profundidades, sus Essex y Birminghams, a profundidades de veinticinco a cincuenta metros. Cuentan con barrios industriales muy poblados, puertos, líneas de transporte y millones de aglomeraciones. En resumen: tienen su mundo, más o menos conocido, pero, según parece, muy adelantado técnicamente. Desde luego, no cuentan con fundiciones o altos hornos, pero los hombres les proporcionan metales a cambio de su trabajo. No fabrican explosivos, pero también se los procuran los humanos. La energía la obtienen del movimiento del mar, con sus mareas alta y baja, con sus corrientes profundas y sus diferencias de temperatura. Es cierto; las turbinas se las dieron los hombres, pero las salamandras saben manejarlas. ¿Qué otra cosa es la civilización, sino la posibilidad de usar cosas inventadas por otros? Aunque las salamandras no tengan ideas propias, pueden muy bien tener su ciencia. Es verdad que no tienen música o literatura, pero pueden prescindir de ellas magníficamente, y la gente empieza a advertir que lo que hacen las salamandras es formidablemente moderno. Porque, ¡caramba!, la gente ya tiene muchas cosas que aprender de las salamandras… Y no es extraño, ¿acaso no tienen éstas un gran éxito? ¿Y de qué otra cosa tiene la gente que tomar ejemplo, sino de los éxitos? Nunca se había producido tanto en la historia de la humanidad, nunca se había construido y ganado como en esta gran época. No hay vueltas que darle. Con las salamandras llegó al mundo un gigantesco progreso y un ideal que se llama «Cantidad». «Nosotros, gente de la Era de las Salamandras», se dice con verdadero orgullo. ¿Cómo puede compararse a la anticuada época humana, con su lenta, fútil e inútil pompa, a la que se llamaba cultura, arte, ciencias exactas, o quién sabe cómo? La gente consciente y consecuente con la época de las salamandras ya no perderá su tiempo buscando la profundidad y el fundamento de las cosas. Tendrán bastante que hacer solamente con los cálculos de la producción global. El porvenir del mundo consiste, tan sólo, en que aumenten continuamente la producción y el consumo. Por lo tanto, ha de haber todavía muchas salamandras para que puedan producir y consumir más. Las salamandras son, sencillamente, multitud; su gran importancia es su grandísima cantidad. Solamente ahora puede la imaginación humana trabajar plenamente, ya que trabaja en grande, con una capacidad máxima y un rendimiento récord.


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