La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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»No es difícil imaginar (continuaba el Marqués de Sade) lo que significarán las salamandras en una próxima guerra, armadas con cañones submarinos tipo Berta, con lanza-minas y torpedos para el bloqueo de las costas. A fe mía que, por primera vez en la historia del mundo, no puede nadie envidiar a Inglaterra su magnífica posición insular. Pero, ya que hablamos de esto… ¿sabe el Almirantazgo Británico que las salamandras del Báltico están equipadas con unas máquinas —por otra parte muy útiles para la paz— que se llaman taladradoras-neumáticas, y que estas modernas taladradoras atraviesan en una hora una profundidad de diez metros de la mejor tierra sueca existente, y de cincuenta a sesenta metros de la inglesa? (Esto fue probado en una perforación secreta, efectuada por una expedición técnica alemana durante las noches de los días 11, 12 y 13 del mes pasado en la costa inglesa entre Hythe y Folkestone, o sea, directamente bajo las narices de la fortaleza de Dover). Aconsejamos a nuestros amigos del otro lado del Canal que calculen ellos mismos en cuántas semanas pueden ser taladrados Kent o Essex por debajo del agua, hasta quedar con agujeros iguales a una bola de queso. Hasta ahora, el ciudadano británico contemplaba siempre el firmamento como la única parte de donde podía llegarle el peligro y la destrucción de sus florecientes ciudades, su Bank of England, sus pequeñas y acogedoras casitas rodeadas de jardines. Mejor harán en pegar su oído a la tierra en que juegan sus hijos para advertir, hoy o mañana, si se oyen los chirridos de las incansables y terribles taladradoras de las salamandras, abriéndose camino, paso a paso, para colocar explosivos de un poder hasta ahora desconocido. Ya no será la guerra en el aire, sino la guerra bajo el agua y bajo tierra, que es la última de nuestra era. Hemos oído discursos llenos de confianza desde el puente de mando de la Orgullosa Albión. Sí, hasta ahora, es una poderosa nave que se balancea sobre las olas y las domina. Pero puede llegar un día en que esas olas se cierren sobre la nave destruida, que se hundirá en las profundidades del mar. ¿No sería mejor tratar de evitar ese peligro ahora? ¡De aquí a tres años sería ya demasiado tarde!».


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