La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El autor habla consigo mismo
—¿Y tú vas a dejar las cosas as� —interrumpió en este punto la voz interior del autor.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó el escritor un poco inseguro.
—¿Dejarás que el señor Povondra muera de esa manera?
—¿Qué remedio queda? —se defendió el autor—, no creas que lo hago a gusto, pero… después de todo, el señor Povondra tiene ya sus años; digamos que tiene ya… muchos más de setenta.
—¿Y tú dejas que sufra moralmente? ¿Ni siquiera le dices: «Abuelito, ¡si las cosas no están tan mal! El mundo no será destruido por las salamandras, la Humanidad se salvará, espere usted y verá»? Por favor, ¿no puedes hacer nada por salvarlo?
—Bueno, mandaré al médico —propuso el autor—. El anciano tiene, seguramente, una fiebre nerviosa. Claro que a su edad no está descartado que pueda contraer una congestión pulmonar. Pero quizás, con la ayuda de Dios, lo resistirá todo. Quizás columpiará todavÃa a la pequeña Marenka en sus rodillas, y le preguntará qué ha aprendido en la escuela… Las alegrÃas de la vejez, Dios mÃo. ¡Que tenga todavÃa el pobre anciano las alegrÃas de la vejez…!