La krakatita
La krakatita A Prokop le palpitaba el corazón. Sabía que era una vileza mirar allí a hurtadillas; seguro, como invitado no debería hacerlo. Incluso intentó toser (para que ella lo escuchara), pero fallidamente. Se quedó sentado como una lechuza sin poder apartar los ojos de la ventana dorada. Anči pasó, se agachó, comenzó a hacer algo, larga y minuciosamente; ahá, estaba abriendo la cama. Ahora estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad, y puso las manos tras la cabeza: justo así la había visto en su sueño. «Ahora, ahora sería adecuado hacerse oír»; ¿por qué no lo hizo? Ya era tarde para eso. Anči se dio la vuelta, cruzó, allí estaba; pero no, estaba sentada, de espaldas a la ventana, y aparentemente se estaba descalzando con terrible parsimonia y concentración; nunca se sueña mejor que con un zapato en la mano. «Al menos éste sería el momento de desaparecer»; pero en vez de eso se encaramó al banco para ver mejor. Anči se giró, ya no tenía puesto el corpiño; levantó sus brazos desnudos y se quitó las horquillas del peinado. Entonces echó la cabeza hacia atrás, y toda la cabellera se le desparramó por los hombros; la muchacha la sacudió, se echó de golpe toda esa abundante cabellera hacia adelante, por encima de la cabeza, y la trabajó con el peine y el cepillo hasta que se le quedó la cabeza como una cebolla. Era, evidentemente, muy divertido, pues Prokop, sinvergüenza, estaba exultante.