La krakatita
La krakatita Aquella misma mañana temprano la encontró frotando a Honzík en una tina con agua y jabón; el perrillo se sacudía el agua con desesperación, pero Anči no se daba por vencida, lo agarraba por las greñas y lo enjabonaba con pasión, llena de salpicaduras, con el vientre empapado y sonriente.
—¡Cuidado —gritó desde lejos—, le va a salpicar! —tenía el aspecto de una madre joven y entusiasta. ¡Ay, dios, qué sencillo y claro es todo en este soleado mundo!
Prokop tampoco aguantó mucho tiempo holgazaneando. Recordó que no funcionaba el timbre y se puso a reparar la batería. Precisamente estaba rascando el cinc, cuando ella se le acercó en silencio; estaba arremangada hasta el codo y tenía las manos mojadas de la colada.
—¿No irá a explotar? —preguntó con preocupación. Prokop no pudo sino reírse. Ella también se echó a reír y lo salpicó con las jabonaduras; pero en seguida se dispuso, con la cara seria, a limpiarle con el codo una pompa de jabón que tenía en el pelo. «Mira, ayer no se habría atrevido a hacerlo».
