La krakatita
La krakatita Y ahora le había llegado a ella el turno de relatar su vida. Estaba abriendo la boca y tomando aire, cuando rompió a reír. Reconocedlo, ¿qué se puede decir de una vida en blanco, y más aún a alguien que una vez estuvo sepultado durante doce horas, que había estado en la guerra, en América y quién sabe dónde más? «Yo no sé nada», dijo con sinceridad. Y bien, decidme, ¿no es semejante «nada» tan valioso como la experiencia de un hombre?
Era ya entrada la tarde cuando iban recorriendo juntos un sendero recalentado por el sol. Prokop callaba y Anči escuchaba. Anči acariciaba con la mano la cresta de las espigas.
Anči lo rozaba con el brazo, ralentizaba el paso, se quedaba parada; después aligeraba el paso de nuevo, caminaba dos pasos por delante de él y arrancaba espigas, empujada por una especie de necesidad de destruir algo. Esta soleada soledad, a la larga, los abrumó e inquietó; «no hemos debido venir aquí», pensaban ambos en secreto, y empujados por una angustiosa desazón hilvanaron una conversación vana, deslavazada.