La krakatita
La krakatita Lo primero de lo que fue consciente Prokop fue que todo a su alrededor temblaba en un chirriante traqueteo y que alguien lo agarraba con firmeza por la cintura. TenÃa un miedo horrible a abrir los ojos; pensaba que todo se iba a precipitar sobre él. Pero como aquello no paraba, abrió los ojos y vio ante sà un rectángulo opaco por el que se desplazaban nebulosos cÃrculos y rayas de luz. No sabÃa cómo explicarlo; miraba confundido aquellos espectros que iban pasando y dando saltos, entregado pasivamente a todo lo que le pudiera ocurrir. Después comprendió que aquel febril traqueteo eran las ruedas de un carruaje y que fuera iban pasando sólo las farolas en la niebla; y cansado de tanto mirar, cerró de nuevo los ojos y se dejó llevar.
—Ahora te vas a echar —dijo susurrando una voz sobre su cabeza—; te tomarás una aspirina y te sentirás mejor. Por la mañana traeré al doctor a verte, ¿de acuerdo?
—¿Quién está ah� —preguntó Prokop adormilado.
—Tomeš. Estás en mi casa, Prokop. Tienes fiebre. ¿Dónde te duele?
—En todas partes. La cabeza me da vueltas. AsÃ, ¿sabes…?
