La krakatita
La krakatita Se avergonzó de sí mismo, se enterneció profundamente y no se atrevió más que a acariciarle el pelo: «Esto está permitido, esto está permitido. ¡Por dios, pero si es todavía una cría y una tontuela! Y ahora ya ni una palabra, ni una, que pueda herir la inaudita inocencia de esta blanca ternerilla. ¡Ni un pensamiento para intentar explicar groseramente los confusos impulsos de esta noche!». Ciertamente no sabía lo que estaba diciendo: tenía una cadencia torpe, como de oso, y carecía por completo de sintaxis; trataba alternativamente de las estrellas, el amor, Dios, esa hermosa noche y cierta ópera, cuyo nombre y argumento Prokop no lograba recordar por mucho que lo intentara, pero cuyos violines y voces resonaban en él con un efecto embriagador. A ratos le parecía que Anči se estaba quedando dormida, de modo que se calló hasta que sintió de nuevo en el hombro el feliz aliento de su adormecida atención.
Finalmente Anči se incorporó, cruzó las manos en su regazo y se quedó pensativa.
—Yo ni siquiera sé, no sé —dijo con dulzura—, ni siquiera me parece posible.
Una estrella atravesó el cielo con una brillante estela. Se sentía el aroma de la celinda; ahí dormían las esferas de las peonías, cerradas; una especie de aliento divino susurraba en las copas de los árboles.
—Me gustaría tanto quedarme aquí —murmuró Anči.