La krakatita

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—Buenas noches —dijo ella dudando; así se quedaron, de pie uno frente a otro, sin saber qué hacer o cómo finalizar. Anči estaba pálida, pestañeaba agitada y daba la impresión de que intentaba decidirse a llevar a cabo una heroicidad. Pero cuando Prokop (perdiendo ya definitivamente la cabeza) llevó la mano hacia su codo, se apartó acobardada y emprendió la retirada. Así que caminaron por el sendero del jardín guardando una distancia de por lo menos un metro. Sin embargo, cuando alcanzaron el lugar en que estaba la más oscura de las sombras, era obvio que habían perdido el rumbo, ya que Prokop fue a dar con los dientes contra una frente, besó apresurado una nariz fría y su boca encontró unos labios desesperantemente cerrados. Los horadó con ruda superioridad, casi quebrando el cuello de la muchacha forzó aquellos dientes castañeteantes y besó sin compasión la ardiente humedad de aquella boca abierta que no paraba de gemir. Después Anči se zafó de entre sus brazos, se paró junto a la portezuela del jardín y comenzó a sollozar. Entonces Prokop corrió a tranquilizarla: la acarició, la cubrió de besos en el pelo y la oreja, en el cuello y la espalda, pero no sirvió de nada. Suplicó, giró hacia sí aquella cara húmeda, aquellos ojos húmedos, aquellos labios húmedos que hacían pucheros. Tenía la boca llena del sabor salado de las lágrimas. La besó y la acarició, y de repente se dio cuenta de que ella ya no se defendía, de que se había rendido incondicionalmente y de que más bien lloraba su horrible derrota. Pues bien, de golpe se despertó en Prokop toda su viril caballerosidad: liberó de su abrazo a ese colmo de la desgracia e, infinitamente conmovido, besó sólo aquellos desesperados dedos, empapados en lágrimas y temblorosos. «Así, así está mejor». Pero ella puso de nuevo su cara en una de las toscas zarpas de Prokop y él la besó con un beso húmedo, abrasador, y con su ardiente aliento, y con la pulsación de sus pestañas, cubiertas de lágrimas, sin permitir que la apartara. En ese instante incluso él parpadeó y contuvo la respiración, para no dejar escapar un suspiro por el tormento que le estaba provocando la ternura.


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