La krakatita
La krakatita Anči levantó la cabeza. «Buenas noches», dijo en voz baja, y ofreció con total sencillez sus labios. Prokop se inclinó, apenas exhaló sobre ellos un beso, lo más delicado que pudo, y ya ni siquiera se atrevió a acompañarla. Se quedó allí parado, de pie, y se estremeció; a continuación se tranquilizó en el otro extremo del jardín, al cual no podía llegar ni un rayo de luz de la ventana de Anči: se quedó allí parado y parecía que rezaba. En absoluto, no era una oración; era la noche más hermosa de su vida.