La krakatita
La krakatita Mientras tanto el doctor Tomeš estaba sentado frente al desayuno, resoplando y rezongando tras un parto difícil; al mismo tiempo, lanzaba a Anči miradas inquisitivas y descontentas. Anči estaba sentada sin decir ni pío, no comía, no bebía, no creía lo que veían sus ojos: que Prokop todavía no hubiera dado señales de vida. Le temblaban los labios; parecía que estaban a punto de saltársele las lágrimas. Entonces entró Prokop con un ímpetu innecesario: estaba pálido y no podía ni sentarse de la prisa que llevaba. Apenas saludó, echó un vistazo a Anči, como si ni siquiera la conociera, y preguntó al momento con acalorada impaciencia: «¿Dónde está ahora su Jirka?». El doctor se dio la vuelta estupefacto:
—¿Cómo dice?
—¿Dónde está ahora su hijo? —repitió Prokop fulminándolo con una mirada obstinada.
—¿Y yo qué sé? —gruñó el doctor—. No quiero saber nada de él.
—¿Está en Praga? —insistió Prokop cerrando los puños. El doctor guardó silencio, pero algo en su interior comenzó a funcionar de repente.
—Tengo que hablar con él —murmuró Prokop—. Tengo que hacerlo, ¿me oye? Tengo que encontrarlo, ahora mismo, ¡en seguida! ¿Dónde está?
El doctor rumiaba con la mandíbula y se dirigió a la puerta.
