La krakatita
La krakatita Interrogó de nuevo a la casera; recogió una riada de todo tipo de cotilleos, pero nada que lo pusiera sobre la pista. Fue a ver al casero para descubrir desde qué lugar del extranjero había enviado Tomeš ese dinero. Tuvo que escuchar el sermón del viejete, arisco y bastante desagradable, que sufría todo tipo de catarros y maldecía la depravación de los jóvenes caballeros de hoy en día. Como premio a su paciencia sobrehumana recibió finalmente sólo el dato de que dicho dinero no lo envió el señor Tomeš, sino más bien un cambista a cuenta de un banco de Dresde auf Befehl des Herrn Tomeš. Corrió a ver al abogado, que tenía, como se reveló anteriormente, cierto asunto pendiente con el desaparecido. El abogado se escudó inútilmente en el secreto profesional, pero cuando a Prokop se le escapó, del modo más tonto, que debía entregarle un dinero al señor Tomeš, el abogado renació y le pidió que lo depositara en sus manos; a Prokop le costó mucho trabajo desembarazarse de él. Eso le enseñó la lección de no hacer pesquisas sobre Tomeš con gente que había tenido negocios con él.
Se quedó parado en la siguiente esquina: ¿qué iba a hacer ahora? Sólo quedaba Carson. Una incógnita que sabía algo y quería algo. Bien, entonces Carson. Prokop palpó la carta que había en su bolsillo, que había olvidado mandar, y se apresuró a correos.