La krakatita
La krakatita —Nanana —protestó el señor Carson—. Lo he guardado. Tiene todo en depósito. Caballero, ¿cómo pudo dejar todo aquà tirado? Alguien se lo podrÃa robar, ¿no? ¿Qué? Claro que podrÃa, caballero. Robar, vender, publicar, ¿verdad? Está claro, caballero. PodrÃa. Pero yo se lo he guardado, ¿entiende? Palabra de honor. Por eso le he estado buscando. Le devolveré todo. Todo. Es decir… —añadió vacilante, y clavó en Prokop, a través de las brillantes gafas, su mirada acerada—. O sea… si es usted razonable. Pero llegaremos a un acuerdo, ¿no es cierto? —añadió rápidamente—. Debe usted habilitarse. Una carrera fulgurante. Explosiones atómicas, fisión de elementos, cosas increÃbles. ¡La Ciencia, ante todo la Ciencia! Llegaremos a un acuerdo, ¿verdad? Palabra de honor, se le devolverá todo. SÃ.
Prokop callaba, aturdido por aquella avalancha de palabras, mientras el señor Carson agitaba los brazos y daba vueltas por el laboratorio resplandeciente de alegrÃa.