La krakatita
La krakatita Prokop, estupefacto, levantó la mirada hacia el señor Carson. Para su sorpresa, ahora ya no tenÃa esa cara de perrillo, radiante por la satisfacción: todo en aquel hombrecillo fervoroso se habÃa vuelto serio y severo, los ojos quedaron ocultos tras sus pesados párpados y sólo a ratos conseguÃan abrirse paso con un corte opaco.
—No sea tonto —profirió contundente—. Véndanos la krakatita y asunto concluido.
—¿Cómo puede saber…? —susurró Prokop.
—Se lo contaré todo. Palabra de honor, todo. Vino a visitarnos el señor TomeÅ¡. Trajo los ciento cincuenta gramos y la fórmula. Por desgracia no trajo el método de fabricación. Ni él ni nuestros quÃmicos han sido capaces de descubrir cómo producirla. Es algún tipo de truco, ¿verdad?
—SÃ.
—Hum. Quizás lo descubran sin su ayuda.
—No lo descubrirán.
—El señor Tomeš… sabe algo, pero se anda con secretismos. Ha trabajado en nuestro laboratorio a puerta cerrada. Es un quÃmico terriblemente malo, pero más astuto que usted. Al menos no se va de la lengua acerca de lo que sabe. ¿Por qué se lo dijo? Es un inútil, sólo sirve para sacar anticipos. TenÃa que haber venido usted mismo.
—Yo no lo mandé en mi nombre —gruñó Prokop.
