La krakatita
La krakatita El señor Carson se sentó y encendió un grueso cigarro, mientras tanto cavilaba con ahÃnco.
—Jaja —dijo tras un instante—. Asà que a usted también le explotó aquÃ. ¿Cuándo fue? Fecha.
—… Ya no me acuerdo.
—¿DÃa de la semana?
—… No lo sé. Creo que… dos dÃas después del domingo.
—Asà que el martes. ¿Y a qué hora?
—Más o menos… algo después de las diez de la noche.
—Correcto —el señor Carson, pensativo, exhaló el humo—. A nosotros nos explotó por primera vez… como usted gusta decir, «por sà misma»… el martes a las diez y treinta y cinco. ¿Vio usted algo cuando ocurrió?
—No. Estaba durmiendo.
—Ahá. También explotó el viernes, alrededor de las diez y media. El martes y el viernes. Lo hemos comprobado —explicó ante la mirada aturdida de Prokop—. Dejamos sobre la mesa un miligramo de krakatita y lo vigilamos dÃa y noche. Explotó el martes y el viernes, a las diez y media. Siete veces. Una vez también el lunes, a las diez y veintinueve. SÃ.
Prokop se limitó a quedarse pasmado en silencio.
