La krakatita
La krakatita —Da igual —sentenció Carson tranquilamente—. Mientras siga aguantando sin descomponerse. Soy un idiota, yo me imagino que la sustancia adquirió una estructura electromagnética o algo asÃ. Si se alterara de algún modo, entonces… se desintegrarÃa, ¿verdad? Por suerte, unas diez mil estaciones de radio oficiales y unos cientos de estaciones ilegales mantienen en la atmósfera de nuestro paÃs un clima electromagnético, un… eh… eh… balneario de oscilaciones que parece hecho a medida para esa estructura. Asà que aguanta sin descomponerse… —El señor Carson se quedó pensativo un momento—. Y ahora —comenzó de nuevo—, ahora imagine que un diablo de otro mundo o un sinvergüenza de éste cuenta con los medios para alterar a la perfección las ondas electromagnéticas. Sencillamente borrarlas, o algo asÃ. Imagine que (dios sabe por qué) monta el numerito de forma regular los martes y los viernes a las diez y media de la noche. En ese mismo minuto, en ese mismo segundo, se alteran en todo el mundo las comunicaciones sin hilos. Pero en ese mismo minuto y en ese mismo segundo parece que también ocurre algo en esa… sustancia lábil, si es que no se encuentra aislada…, pongamos por ejemplo en… en una caja de porcelana. Algo se modifica en ella… De algún modo se produce en ella un chasquido, y se… se…
—… desintegra —exclamó Prokop.