La krakatita
La krakatita —SÃ, se desintegra. Explota. Interesante, ¿verdad? Un señor muy sabio me lo explicó. ¡Cáspita!, ¿cómo dijo? Que… que por lo visto…
Prokop se levantó de un salto y agarró al señor Carson del abrigo.
—Escuche —tartamudeó Prokop, visiblemente alterado—, entonces si… la krakatita… se esparciera, por ejemplo, aquÃ… o donde fuera… simplemente por el suelo…
—… entonces el próximo martes o viernes a las diez y media saltarÃa por los aires. Ja. Pero hombre, que me está estrangulando.
Prokop soltó a Carson y recorrió la habitación mordiéndose los dedos horrorizado.
—Está claro —musitó—, ¡está claro! Nadie debe fa-fabri-car kra-kraka…
—Aparte del señor Tomeš —objetó Carson escéptico.
—¡Déjeme en paz! —exclamó Prokop en un arranque—. ¡Ése no descubrirá el método!
—Bueno —consideró el señor Carson con ciertas dudas—, yo no sé cuánto le contó usted del asunto.
Prokop se detuvo como si lo hubieran clavado al suelo.