La krakatita
La krakatita —Por tanto nosotros sabemos —lo interrumpió Carson—, que en el mundo hay estaciones emisoras y receptoras desconocidas. Que de forma regular, los martes y los viernes, seguramente dicen algo muy distinto a «buenas noches». Que disponen de unas fuentes de energÃa desconocidas hasta el momento por nosotros, descargas, oscilaciones, chispas, rayos o algo endiablado y… y, en resumen, imposible de detener. O de algún tipo de antiondas, antioscilaciones o cómo demonios llamarlo; algo que sencillamente interrumpe o borra nuestras ondas, ¿entiende? —El señor Carson echó un vistazo al laboratorio—. Ahá —dijo, y echó mano a un trozo de tiza—, o esto es asà —dijo mientras pintaba en el suelo con la tiza una flecha que medÃa más o menos medio codo—, o asà —y entre tanto cubrió de tiza un tablón entero, dentro del cual borró, con el dedo lleno de saliva, una lÃnea oscura—. Asà o asÃ, ¿entiende? En positivo o en negativo. O bien emiten unas ondas nuevas a nuestro medio, o bien lanzan a nuestro ambiente, vibrante, radiotelegrafiado de parte a parte, pausas artificiales, ¿comprende? Se puede trabajar de las dos maneras… sin nuestro control. Ambas son por el momento… técnica y fÃsicamente… un absoluto misterio. ¡Diablos —gritó el señor Carson en un súbito arranque de ira, y arrojó la tiza, que quedó pulverizada—, esto es demasiado! ¡Emitir gracias a fuerzas desconocidas radiotelegramas secretos dirigidos a un destinatario misterioso! ¿Quién lo estará haciendo? ¿Qué cree usted?