La krakatita
La krakatita —Digamos que los marcianos. ¡Fabuloso! Digamos que sÃ, maestro. Pero digamos que más bien alguien procedente de la Tierra. Digamos que alguna potencia terrÃcola envÃa instrucciones secretas. Digamos que tiene razones tremendamente poderosas para querer evitar que la controlen. Digamos que es una especie de… servicio u organización internacional o el diablo sabe qué, y que tiene a su disposición fuerzas desconocidas, estaciones secretas y quién sabe qué más. En cualquier caso… en cualquier caso, la humanidad tiene derecho a interesarse por esos telegramas secretos, ¿no? Tanto si los envÃan desde el infierno como desde Marte. Es simplemente… de interés para la sociedad. Puede usted pensar… Bueno, seguramente, caballero, seguramente no serán radiotelegramas sobre Caperucita Roja. No. —El señor Carson se puso a recorrer la habitación—. Sobre todo es seguro —reflexionaba en voz alta—, que dicha estación de emisión… se encuentra en algún lugar de Europa Central, aproximadamente en medio del cÃrculo en que se producen esas interferencias, ¿verdad? Es relativamente débil, puesto que emite sólo por la noche. ¡Maldición, eso es aún peor! La torre Eiffel o la torre de transmisión de Nauen se encuentran fácilmente, ¿no? Caballero —exclamó de repente, y se quedó clavado—, imagine que en el mismo ombligo de Europa existe y se prepara algo raro. Tiene ramificaciones, tiene sus propias oficinas, mantiene una sociedad secreta. Tiene medios técnicos que nos son desconocidos, fuentes de energÃa secretas, y, ¡para que lo sepa —gritó el señor Carson—, tiene la krakatita! ¡SÃ!