La krakatita

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III

Le pareció oír un estruendo, como el de un sinnúmero de ruedas. «Debe de ser una fábrica», pensó, y corrió escaleras arriba. Sin más ni más se encontró ante unas enormes puertas en las que había una placa de cristal: Plinio. Se alegró una enormidad y pasó al interior.

—¿Está el señor Plinio? —preguntó a una señorita sentada ante una máquina de escribir.

—En seguida viene —dijo la señorita, y en esto se aproximó a él un hombre alto, bien afeitado, vestido con un chaqué y con unas enormes gafas redondas ante sus ojos.

—¿Qué desea? —dijo.

Prokop miró con curiosidad su rostro, extraordinariamente singular. Tenía una bocaza de tipo británico y la frente abombada, llena de prominencias; en la sien una verruga del tamaño de una moneda de veinte céntimos y un mentón como el de un actor de cine.

—¿Usted… usted… no es usted… Plinio?

—Por favor —dijo el hombre alto, y con un gesto seco señaló hacia el interior de su despacho.

—Estoy muy… es para mí… un inmenso honor —tartamudeó Prokop al tomar asiento.

—¿Qué desea? —le interrumpió el hombre alto.


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