La krakatita
La krakatita Ya durante la comida estuvieron bebiendo, pero sólo un poco, sólo lo suficiente como para que ambos se pusieran rojos y se pasearan en coche por algún lugar de los bosques de Sázava o quién sabe dónde, para que se les evaporara el alcohol de la cabeza. Entretanto Prokop largaba sin pausa, mientras el señor Carson mascaba el cigarro y asentía con la cabeza. «Será usted a big man». A big man, a big man, resonaba en la cabeza de Prokop como una campana. «¡Cáspita, si me viera rodeado de esa gloria… la mujer del velo!». Ufano, se hinchó tanto ante Carson que estaba a punto de explotar; pero éste sólo hacía gestos afirmativos con la cabeza como un mandarín y azuzaba su orgullo desenfrenado. Prokop no salió volando del coche por el enardecimiento de puro milagro; por lo visto, explicaba sus ideas sobre el instituto internacional de química destructiva, el socialismo, el matrimonio, la educación de los hijos y todo tipo de despropósitos.
Pero por la tarde comenzó de verdad el asunto. Sólo dios sabe todos los sitios en los que estuvieron bebiendo. Fue un horror: Carson pagaba rondas a todos los desconocidos, enrojecido, lustroso, con el sombrero aplastado, mientras que unas chicas bailaban, alguien rompía vasos y Prokop, gimoteando, confesaba a Carson su horroroso amor hacia aquella mujer que no conocía. Al recordarlo, Prokop se agarró la cabeza por el bochorno y el dolor.