Prokop se dirigió hacia el lado en el que el parque descendÃa en desnivel. Encontró allà un estanque con baños, pero, venciendo la tentación de pegarse un chapuzón, se adentró en un hermoso bosquecillo de abedules. Y, vaya, allà habÃa sólo una cerca de listones y, junto a un caminillo medio cubierto de matas, una portezuela; ni siquiera estaba cerrada y se podÃa salir fuera, al pinar. Deambuló en silencio por las resbaladizas agujas de pino hasta el borde del bosque. Y, maldición, allà habÃa una alambrada de al menos cuatro metros de alto. ¿Cómo serÃa de resistente la valla? Lo comprobó con precaución, tanto con las manos como con los pies, hasta que advirtió que sus movimientos eran observados con interés por el soldadito de la bayoneta desde el otro lado de la valla.
—Hace bochorno aquÃ, ¿eh? —dijo Prokop disimulando.