La krakatita
La krakatita Prokop se tiró en la chaise longue con la voluptuosidad un sultán ahíto. «Ya veremos», se dijo, «por el momento esto no está tan mal». Quería sopesarlo todo, pero en vez de eso le vino a la memoria el modo en que Carson saltaba ante él. «¿Es que no voy a ser capaz de alcanzarlo?», se le ocurrió, y echó a correr tras él. Bastó un salto de cinco metros; pero entonces Carson alzó el vuelo como un grillo y atravesó con facilidad un grupo de arbustos. Prokop dio un zapatazo en el suelo y echó a volar tras él. Apenas había separado los pies del suelo y ya estaba volando sobre la cima de los matorrales. Un nuevo impulso, y ya estaba volando rumbo a ninguna parte, sin preocuparse más por Carson. Se elevaba entre los árboles, ligero y libre como un pájaro. Intentó hacer unos cuantos movimientos de natación con las piernas, y, vaya, ascendía. Le encantó. Con enérgicas brazadas remontó en una espiral vertical. Bajo sus pies, como un mapa dibujado con esmero, se extendía el parque de palacio con sus pabellones, prados y caminos serpenteantes; se podía distinguir la cancha de tenis, el estanque, el tejado del palacio, el bosque de abedules. Allí estaba aquella casa solariega de los perros, y el pinar, y la alambrada, y a la derecha comenzaban ya los almacenes de municiones, y tras ellos un muro alto. Prokop se dirigió por el aire hacia la parte del parque en la que aún no había estado. Por el camino descubrió que lo que había tomado por una terraza era en realidad la antigua fortificación del castillo, un robusto baluarte con un matacán y un foso, en otro tiempo, evidentemente, comunicado con el estanque.