La krakatita
La krakatita Habían pasado seis meses desde que Prokop tuvo un recipiente químico en sus manos por última vez.
Inspeccionó los aparatos uno a uno: encontró allí todo lo que hubiera podido soñar, brillante, flamante y expuesto en un orden meticuloso. Contaba con una biblioteca de manuales y libros especializados, una enorme estantería con sustancias químicas, un armario para el instrumental delicado, una cabina insonorizada para explosiones experimentales, una cámara con transformadores, aparatos de experimentación que ni siquiera conocía. Había revisado apenas la mitad de aquellos maravillosos prodigios, cuando, obedeciendo a una idea repentina, se lanzó hacia el estante por una sal de bario, ácido nítrico y alguna que otra cosa, y comenzó un experimento durante el cual consiguió chamuscarse un dedo, hacer explotar un tubo de ensayo y quemarse el abrigo hasta hacer un agujero en él. Entonces, satisfecho, se sentó frente al escritorio y garabateó dos o tres notas.
