La krakatita

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XXVI

Prokop estaba expectante: quién sabía lo que podía seguir a aquella noche. No la siguió nada, o más bien lo siguió aquel hombre de la pipa (el único al que Prokop en cierto modo temía). Aquel hombre se llamaba Holz, un nombre que decía muy poco acerca de su carácter esencialmente silencioso y vigilante. Se moviera a donde se moviera Prokop, iba unos cinco pasos detrás de él; esto irritaba hasta la exasperación a Prokop, que lo torturaba todo el día de las formas más refinadas: por ejemplo, correteaba de arriba abajo, una y otra vez, por un sendero corto, cincuenta y cien veces, con la esperanza de que el señor Holz se hartara de estar dando media vuelta cada veinte pasos; el señor Holz, sin embargo, no se hartaba. Así que Prokop echaba a correr y recorría tres veces el perímetro del parque; el señor Holz corría en silencio tras él y ni siquiera dejaba de exhalar nubecillas de humo, mientras que Prokop se sofocaba hasta que su respiración se convertía en apenas un silbido.






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