La krakatita
La krakatita Prokop estaba expectante: quién sabÃa lo que podÃa seguir a aquella noche. No la siguió nada, o más bien lo siguió aquel hombre de la pipa (el único al que Prokop en cierto modo temÃa). Aquel hombre se llamaba Holz, un nombre que decÃa muy poco acerca de su carácter esencialmente silencioso y vigilante. Se moviera a donde se moviera Prokop, iba unos cinco pasos detrás de él; esto irritaba hasta la exasperación a Prokop, que lo torturaba todo el dÃa de las formas más refinadas: por ejemplo, correteaba de arriba abajo, una y otra vez, por un sendero corto, cincuenta y cien veces, con la esperanza de que el señor Holz se hartara de estar dando media vuelta cada veinte pasos; el señor Holz, sin embargo, no se hartaba. Asà que Prokop echaba a correr y recorrÃa tres veces el perÃmetro del parque; el señor Holz corrÃa en silencio tras él y ni siquiera dejaba de exhalar nubecillas de humo, mientras que Prokop se sofocaba hasta que su respiración se convertÃa en apenas un silbido.
