La krakatita
La krakatita Como es comprensible, el famoso cirujano no apreció demasiado el trabajo del matasanos del ejército: distendió de nuevo las fracturas de Prokop y finalmente lo enyesó todo, añadiendo que la extremidad izquierda quedaría probablemente tullida.
Para Prokop comenzaron unos días gloriosos y ociosos. Krafft le leía a Swedenborg y el señor Paul anuarios familiares; la princesa, por su parte, hizo rodear el lecho del mártir con hermosos volúmenes de literatura universal. Finalmente Prokop se aburrió hasta de los anuarios y comenzó a dictar a Krafft una obra sistemática sobre química destructiva. A quien cobró más afición (para su sorpresa) fue a Carson, cuya insolencia y desconsideración le infundían respeto, dado que advirtió tras ellas planes megalómanos y el desquiciado fanatismo de un militarista internacional radical. El señor Paul estaba en la cumbre de la beatitud; ahora era indispensable de la mañana a la noche y podía servir con cada respiración y cada pasito de sus renqueantes piernas.
