La krakatita
La krakatita —¿Y bien? —dijo con sequedad.
—Virginal, insensible, lujuriosa, iracunda y orgullosa… seca como la yesca, como la yesca… y malvada; usted es malvada. Es usted cáustica por su crueldad, y rencorosa, y no tiene corazón. Es malvada, y está llena de pasión, hasta reventar. Intocable, codiciosa, dura, dura consigo misma, hielo y fuego, fuego y hielo…
La princesa asintió en silencio.
—SÃ… No es buena con nadie ni para nada. Arrogante, impulsiva a más no poder, incapaz de amar, venenosa y ardiente… incandescente… abrasada por el fuego, mientras todo a su alrededor se hiela.
—Debo ser dura conmigo misma —susurró la princesa—. Usted no sabe… usted no sabe… —Hizo un ademán con la mano y se levantó—. Muchas gracias. Le enviaré a Paul.
Una vez descargada su ofendida amargura personal, Prokop empezó a tener una opinión más amable sobre la princesa; incluso lo atormentaba que ahora ella lo evitara. Se preparó para decirle en cuanto tuviera ocasión algo cordial, pero esa ocasión ya no se presentó.