La krakatita
La krakatita —Bueno, yo me voy a casa —gruñó Prokop, y decidió en lo más profundo de su oscura alma que en tres dÃas harÃa una nueva tentativa de huida. En ese instante apareció frente a él la princesa y le dio la mano.
—Me alegra que ya se haya recuperado.
A Prokop le traicionó toda la buena educación que le habÃa enseñado oncle Charles. Hizo un pesado movimiento de brazos (que pretendÃa ser una reverencia) y dijo con voz de oso:
—Pensé que ni siquiera me veÃa.
El señor Carson habÃa desaparecido, como si se lo hubiera tragado la tierra. La princesa llevaba un enorme escote, lo que desconcertaba a Prokop; no sabÃa a dónde mirar, pero veÃa su firme carne atezada, con una capa de polvo cosmético, y sentÃa su penetrante aroma.
—He oÃdo que ha vuelto a trabajar —dijo la princesa—. ¿Qué está haciendo ahora?
—Bueno, de todo un poco —se cortó Prokop—, en general nada importante. —¡Oye!, habÃa llegado la ocasión de reparar su rudeza… o sea, aquel insulto de la mano. Pero ¿qué demonios se podÃa decir que fuera especialmente cordial? —Si usted quisiera —murmuró—, podrÃa hacer… un experimento… con su maquillaje.
—¿Qué experimento?