La krakatita

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XXIX

A Prokop lo excitaba y lo inquietaba aquella intensa fragancia femenina cuando trabajaba inclinado sobre la cajita de maquillaje; se sentía como si la princesa estuviera en el laboratorio y se le asomara por encima del hombro.

En su ignorancia de solterón no había intuido antes que el maquillaje sólo era en realidad polvo de almidón; evidentemente lo había tomado por un colorante terroso. Bien, el almidón es una sustancia fabulosa, por ejemplo, para la fluidificación de explosivos demasiado potentes, porque es en esencia inerte e inactivo; aún peor si se tiene que convertir en un explosivo. Ahora sencillamente no sabía qué hacer con él; se aplastaba la frente con las manos, acosado por el penetrante aroma de la princesa, y no abandonaba el laboratorio ni siquiera de noche.

Aquellos que lo apreciaban dejaron de visitarlo, porque les ocultaba su trabajo e, impaciente, la tomaba con ellos sin parar de pensar en el maldito maquillaje. Por todos los diablos, ¿qué más podía probar? Después de cinco días empezaron a aclarársele las ideas: estudió febrilmente las nitroaminas aromáticas, tras lo cual se enfrascó en tediosos procesos de síntesis que no había hecho en su vida. Y después, una noche, allí estaba, ante él, intacto en cuanto a su aspecto y de penetrante aroma: un polvo marronáceo que olía como la piel de una mujer madura.


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