La krakatita
La krakatita —Minka, pero Minka —susurró apresuradamente, e hizo que se sentara, sofocada y casi desmayada, en un sillón. Se arrodilló ante ella y, haciendo uso de todas sus fuerzas, le abrió los puños, cerrados como en una convulsión; tenía las palmas de las manos llenas de sangre, por cómo se había clavado las uñas en la carne—. Quítenle esa botella de la mano —ordenó inmediatamente le bon prince, y apalancó, uno detrás de otro, los dedos de la princesa.
El príncipe Suwalski se repuso. «¡Bravo!», voceó, y comenzó a dar sonoros aplausos. Von Graun ya había agarrado la mano derecha de Prokop, que hasta ese momento trituraba los crujientes pedazos de cristal, y casi tuvo que arrancarle los dedos agarrotados. «¡Agua!», gritó; el obeso cousin buscó algo, desconcertado; echó mano de un tapete que humedeció con agua y se lo puso a Prokop en la cabeza.
—Ahahah —dejó escapar Prokop con alivio. La convulsión iba cediendo, pero en su cabeza todavía se arremolinaba un torbellino de sangre propio de una apoplejía, y las piernas le temblaban tanto por la debilidad, que sólo alcanzó a deslizarse sobre una silla.
Oncle Charles masajeó sobre sus rodillas los dedos encorvados, sudorosos y trémulos de la princesa.