La krakatita

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—Éste es un juego peligroso —rezongó, mientras la princesa, totalmente agotada, jadeaba con dificultad. En sus labios, sin embargo, temblaba una sonrisa embelesada, delirantemente victoriosa.

—Usted lo ha ayudado —exclamó el grueso cousin—, eso es lo que ha ocurrido.

La princesa se levantó, arrastrando a duras penas las piernas.

—Los caballeros sabrán disculparme —dijo débilmente. Miró a Prokop con ojos pletóricos y resplandecientes hasta que, aterrada porque alguien pudiera darse cuenta, se marchó apoyada en su tío Rohn.

Y bien, después hubo que celebrar de algún modo el éxito de Prokop; al fin y al cabo eran jóvenes bienintencionados a los que les encantaba fanfarronear de sus heroicidades. Prokop había subido varios niveles en su escalafón particular por el hecho de haber reventado una botella y ser capaz después de beber una cantidad increíble de vino y licor sin caer redondo bajo la mesa. A las tres de la madrugada el príncipe Suwalski lo besó, festivo, y el cousin obeso, casi con lágrimas en los ojos, comenzó a tutearlo; después empezaron a saltar por encima de las sillas y a armar un jaleo horroroso. Prokop sonreía y tenía la cabeza como en las nubes; pero cuando intentaron llevarlo a visitar a cierta chica balttiniana, se desembarazó de ellos y proclamó que eran unos borrachuzos y que él se iba a dormir.


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