La krakatita
La krakatita Acabo de irme de la lengua, comprendió Prokop con una esquina del cerebro que estaba más despejada. Pero por lo demás le era sumamente indiferente; tan sólo le apetecía dormir, dormir sin parar. Vio una especie de alfombra turca, cuyo diseño se desplazaba, confundía y transformaba sin fin. No era nada importante, y sin embargo en cierto modo lo alteraba; e incluso en sueños deseaba ver de nuevo a Plinio. Se esforzaba por componer su figura; en vez de eso tenía ante sí un rostro abominable, deformado por una mueca, que hacía crujir sus grandes dientes amarillos hasta triturarlos y después escupía los trozos. Quería huir de él; se le ocurrió la palabra «pescador», y ¡vaya!, se le apareció un pescador sobre aguas brumosas y con una red llena de peces; se dijo «andamio», y vio un verdadero andamio, hasta el último ensamblaje y agarradera. Durante largo rato se entretuvo inventando palabras y observando las imágenes proyectadas por ellas; pero después, después ni empleando todas sus fuerzas fue ya capaz de recordar palabra alguna. Puso todo su empeño en encontrar al menos una única palabra o cosa, pero fue inútil; en ese momento el pánico de la impotencia lo empapó de sudor frío. «Tengo que proceder según un método», se propuso; «empezaré de nuevo desde el principio, si no, estoy perdido». Por suerte recordó la palabra «pescador», pero se le apareció un recipiente de arcilla para el queroseno, de un galón, vacío; fue horrible. Se dijo «silla», y surgió con extraña minuciosidad la valla alquitranada de una fábrica, con algo de hierba triste y polvorienta y arcos oxidados. «Esto es una locura», se dijo con gélida lucidez; «esto es, señores, la típica demencia, hiperfábula ugongui dugongui Darwin». En aquel momento ese término técnico le pareció, quién sabe por qué, brutalmente divertido, y soltó una sonora carcajada que casi lo ahoga y que lo despertó.
