La krakatita
La krakatita Al día siguiente llovió. Prokop corría por el parque, enfurecido porque ese día seguramente no vería a la princesa. No obstante, ella salió corriendo bajo la lluvia, con la cabeza descubierta, y se apresuró hacia él.
—Sólo cinco minutos, sólo cinco minutos —susurró jadeante, y ofreció sus labios para que la besara. Pero fue entonces cuando avistó al señor Holz—. ¿Quién es ese hombre? —Prokop echó un rápido vistazo.
—¿Quién? —Ya estaba tan acostumbrado a su sombra personal, que ni siquiera se percataba su continua proximidad—. Es… mi vigilante, ¿sabe?
La princesa no tuvo más que dirigir a Holz sus autoritarios ojos; Holz se guardó inmediatamente la pipa y se largó un trecho más allá.