La krakatita
La krakatita El fin de todo: era casi un alivio, o por lo menos algo seguro y exento de dudas; y Prokop se aferró a ello con la persistencia de un bulldog. «Bien, es el fin, ya no hay nada que temer. La princesa no acudió intencionadamente. Basta, con esta bofetada basta; así que es el fin». Estaba sentado en un sillón, incapaz de levantarse, emborrachándose una y otra vez con su humillación. «Un siervo al que han dado la patada. Sin escrúpulos, presuntuosa, sin sentimientos. Seguramente me ha abandonado por uno de sus galanes. Bien, he perdido; mejor».
Con cada paso que se oía en el pasillo Prokop levantaba la cabeza presa de un desazonado suspense: «Quizás traigan una carta… No, nada. Ni siquiera merezco una disculpa suya. Es el fin».
El señor Paul se acercó diez veces, arrastrando los pies y con una pesarosa incógnita en sus ojos claros: ¿deseaba algo el caballero? No, Paul, nada en absoluto.
—Espere, ¿no tiene una carta para mí? —El señor Paul negó con la cabeza—. De acuerdo, puede irse.
