La krakatita

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XXXIII

Estaba sentada en el catre como petrificada, con las rodillas pegadas a la barbilla, el pelo enredado cayendo en mechones sobre su rostro y las manos entrelazadas en la nuca como en un espasmo. Horrorizándose de lo que había hecho, Prokop le echó la cabeza hacia atrás, le besó las rodillas, las manos, el pelo, se arrastró por el suelo, musitó súplicas y arrullos; la princesa ni veía ni oía. Le pareció que ella se estremecía de asco cada vez que la tocaba; el pelo se le pegaba a la frente con el sudor de la angustia, de modo que corrió hacia la toma de agua y dejó caer sobre su cabeza un chorro de agua fría.

La princesa se levantó en silencio y se acercó al espejo. Prokop fue hacia ella de puntillas, en un intento por sorprenderla; pero entonces vio en el espejo cómo ella se observaba a sí misma con una expresión de repugnancia tan feroz, espeluznante y desesperada, que lo aterró. Giró la cabeza para mirarlo y se abalanzó sobre él.





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