La krakatita

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Había allí un nuevo invitado, llamado d’Hémon, algo así como un diplomático: un hombre de tipo mongoloide, belfos amoratados y un bigotillo negro encima. Aquel caballero era obviamente ducho en Química Física: Becquerel, Planck, Niels Bohr, Millikan y nombres similares salían con fluidez de su boca; conocía a Prokop por sus estudios y estaba enormemente interesado en su trabajo. Prokop se dejó llevar, pegó la hebra, se olvidó por un instante de contemplar a la princesa, lo que le valió encajar bajo la mesa tal patada en la espinilla que le hizo sisear de dolor y, por poco, devolvérsela a la princesa; a modo de insulto recibió una llameante mirada de celos. En aquel momento se vio obligado a responder a una estúpida pregunta del príncipe Suwalski acerca de lo que era aquella energía de la que no paraban de hablar, así que cogió un azucarero, lanzó a la princesa una mirada indignada, como si se lo quisiera tirar a la cabeza, y explicó que, si se lograra desarrollar y descargar a la vez toda la energía contenida en ese objeto, saltaría por los aires el Montblanc, Chamonix incluido; pero no era posible.

—Usted lo logrará —anunció d’Hémon con concisión y seriedad.

La princesa inclinó todo su cuerpo sobre la mesa.

—¿Qué es lo que ha dicho?

—Que él lo logrará —repitió el señor d’Hémon con total seguridad.


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