La krakatita
La krakatita —Ya ves —dijo la princesa en voz alta, y se sentó con aire victorioso.
Prokop se sonrojó y no se atrevió a mirarla.
—¿Y cuando lo haga —preguntó ansiosa—, será muy famoso? ¿Como Darwin?
—Cuando lo logre —dijo el señor d’Hémon sin dudar—, los reyes considerarán un honor llevar una de las puntas de su manta fúnebre. Si es que existe todavÃa algún rey.
—TonterÃas —refunfuñó Prokop, pero la princesa estaba enardecida por una alegrÃa inexpresable. Prokop por nada del mundo le hubiera dirigido una mirada; masculló algo, todo ruborizado, y, presa de la confusión, aplastó entre sus dedos terrones de azúcar. Finalmente se atrevió a levantar la mirada; la princesa lo observaba de lleno, con apabullante arrobo.
—¿Me? —dejó caer a media voz desde el otro lado de la mesa. Lo comprendió perfectamente: ¿me quieres? Pero hizo como si no lo hubiera oÃdo, y se puso a mirar precipitadamente al mantel. «Por dios, esta chica está loca o lo hace adrede…»—. ¿Me? —llegó volando del otro lado de la mesa aún más alto y con más insistencia. Asintió de prisa y la miró con ojos embriagados de alegrÃa. Por suerte, en medio de la conversación general, a todos se les pasó por alto; tan sólo el señor d’Hémon tenÃa una expresión demasiado discreta y ausente.