La krakatita
La krakatita Al atardecer fue al laboratorio, inquieta y abrumada. Cuando la estrechó en sus brazos, tartamudeó aterrorizada: «Ha abierto el ojo, ha abierto el ojo, ¡oh!». Tenía en mente al anciano Hagen. Por la tarde (y es que Prokop había estado acechando como loco) la princesa tuvo una larga conversación con oncle Rohn, pero no quiso hablar de ello. Incluso parecía que ansiaba eludir algo; se abalanzó sobre Prokop en un abrazo anhelante y entregado, como si quisiera emborracharse a cualquier precio hasta perder la consciencia. Finalmente se quedó rígida, con los ojos cerrados, débil como una anciana decrépita; Prokop pensó que dormía, pero entonces empezó a murmurar:
—Amor, amor mío, voy a hacer algo, voy a hacer algo espantoso; pero después, después no puedes abandonarme. Júralo, júramelo —dijo entre dientes con ferocidad, y se levantó de un salto; pero inmediatamente se controló—. Ay, no. ¿Qué podrías jurarme? Las cartas me han dicho que te marcharás. Si quieres hacerlo, hazlo, hazlo ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Prokop, como es comprensible, explotó como una bomba: que si quería deshacerse de él, que si se le había subido a la cabeza su orgullo tártaro, y tal y cual. Ella se enfureció y le gritó que era ruin y brutal, que se lo prohibía, que… que…; pero apenas salieron esas palabras de su boca, ya estaba colgada entre lamentos del cuello de Prokop, abatida y arrepentida.