La krakatita
La krakatita —Por favor, ven aquà —se oyó después de un rato una voz asombrada que venÃa de debajo de la mesa. Mascullando con cierto reparo, la siguió. La princesa estaba en cuclillas, abrazándose las rodillas—. No, sólo mira cómo es la mesa por abajo. Yo no lo habÃa visto nunca. ¿Por qué es asÃ? —La princesa le puso la mano, aterida por el trapo húmedo, en la cara—. Hum, estoy frÃa, ¿verdad? Tú estás hecho de una forma tan tosca como la mesa por debajo; eso es lo más hermoso de ti. Otros…, a otras personas las he visto por encima, ¿sabes?, por su lado pulido, desbastado; pero tú, tú eres a primera vista viga y hendidura y todo lo que mantiene a un ser humano entero, ¿sabes? Cuando se te recorre con los dedos, a uno se le clavan astillas; pero a la vez estás tan hermosa y honradamente hecho… Uno empieza a ver las cosas de otro modo y… con mayor seriedad que por ese lado pulimentado. Eso eres tú. —Se acurrucó a su lado, como un viejo amigo—. Piensa que estamos, por ejemplo, en una tienda de campaña, o en una cabaña —murmuraba como obnubilada—. Yo nunca pude jugar con chicos; pero algunas veces… en secreto… iba a buscar a los chicos del jardinero, y trepaba con ellos por los árboles o por encima las vallas… Después, en casa, se extrañaban de que tuviera las medias rasgadas. Y cuando desaparecÃa y corrÃa a buscarlos, me palpitaba el corazón por el miedo de una forma tan hermosa… Cuando voy a buscarte, tengo exactamente el mismo miedo, tan hermoso, de entonces.