La krakatita
La krakatita »Ahora estoy tan bien escondida —canturreaba feliz, con la cabeza apoyada en las rodillas—. Nada puede alcanzarme aquÃ. Yo también estoy del revés, como esta mesa; una mujer corriente que no piensa en nada y sólo se mece… ¿Por qué se siente uno tan bien en un escondrijo? Ya ves, ahora sé lo que es la felicidad; hay que cerrar los ojos… y hacerse pequeño… minúsculo… inencontrable…
Prokop la acunaba suavemente y le acariciaba la cabellera suelta, pero sus ojos estaban abiertos de par en par y fijos en el vacÃo, por encima de la cabeza de la princesa. Ella giró el rostro bruscamente hacia él.
—¿Qué estabas pensando?
Prokop apartó la mirada con timidez. No podÃa decirle en ningún caso que habÃa visto ante él a la princesa tártara en toda su gloria, a una criatura con un orgullo majestuoso y afectado, y que el hecho de que fuera aquélla a la que incluso ahora…, a la que en el sufrimiento y el anhelo…
—Nada, nada —gruñó a ese hatillo sumiso y feliz que estaba sobre sus rodillas, y acarició su rostro aceitunado, que se encendió con amor apasionado.