La krakatita

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Cuando, por la mañana, Prokop rodeaba el palacio, la doncella se acercó a él y, jadeante, le comunicó que debía ir al bosquecillo de abedules. Se dirigió hacia allí y esperó durante largo rato. Finalmente llegó la princesa, corriendo con largos y hermosos pasos de Diana.

—Escóndete —susurró rápidamente—, oncle me sigue.

Huyeron cogidos de la mano y desaparecieron en el espeso follaje del negro saúco; el señor Holz, oteando en vano entre la espesura, se metió abnegado entre las ortigas. Ya se podía ver el sombrero claro de oncle Rohn; caminaba ligero y miraba a derecha e izquierda. A la princesa le centelleaban los ojos como a un joven fauno; en el ramaje olía a humedad y a moho, los sigilosos insectos entretejían ramitas y raíces, se encontraban como en una jungla. Y sin esperar siquiera a que pasara el peligro, la princesa acercó hacia sí la cabeza de Prokop. Saboreó aquellos besos entre los dientes, como si fueran bayas de serbal o cornejo, amargos y sabrosos frutos; era un entretenimiento, un juego, una evasión, un placer tan nuevo y sorprendente, que se sentían como si se vieran por primera vez.



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