La krakatita
La krakatita Aquel día ella no fue a visitarlo. Fuera de sí por todo tipo de sospechas, se apresuró a palacio; la princesa lo estaba esperando mientras caminaba con un brazo alrededor del cuello de Egon. En cuanto lo vio, dejó plantado a Egon y se acercó a Prokop, pálida, sobrecogida, sobreponiéndose a una especie de desesperación.
—Oncle ya sabe que estuve en tu laboratorio —dijo—. ¡Dios mío, qué va a pasar! Creo que te sacarán de aquí. Ahora no te muevas, nos mira desde la ventana. Estuvo hablando por la tarde con ese… con ese… —Un escalofrío recorrió su cuerpo—. Con el director, ¿sabes? Discutieron… Oncle quería que, sencillamente, te dejaran libre, que te permitieran huir. El director se enfureció, no quiere oír hablar de eso. Dice que te trasladarán a otra parte… Amor mío, espérame aquí esta noche; saldré, huiré, huiré…
En efecto, la princesa acudió; llegó corriendo sin aliento, sollozando con ojos secos e hinchados.
—Mañana, mañana —quiso decir algo más, pero en ese momento se posó sobre su hombro una mano fuerte y amable. Era oncle Rohn.